XIV Domingo del tiempo ordinario
- 7 jul 2018
- 4 min de lectura
Julio 8 de 2018
Primera Lectura: Ezequiel 2, 2-5
Salmo responsorial: 122, 1-2a. 2bcd. 3-4 (R.: 2cd)
Segunda lectura: Corintios 12, 7b-10
Lectura del santo evangelio según San Marcos 6, 1-6
Reflexión
La presencia del Espíritu Santo ha sido fundamental a lo largo de la historia del mundo y de la humanidad, fundamentalmente desde la creación del hombre (cf. Gn 1,26). Los profetas sin lugar a dudas recibieron una vocación que exigía de parte del llamado una férrea convicción acerca del que llama, además es evidente que en muchos casos llama por el nombre y desde el vientre materno (Jr 1,5; Is 49,1; Gal 1,15) para ser enviados a pueblos o comunidades que están viviendo en condición de pecado como es el caso que se nos narra la Primera lectura.
Cuando somos llamados por el Dios, Él nos da o nos asiste con su Espíritu, es Él quien nos pone en pie, es Él quien señala el camino, es decir no es un envío a deambular, ni tampoco se trata de llegar una improvisación del mensaje, recordemos que el profeta no habla por sí mismo, se hace instrumento para que sea Dios quien habla por el profeta.
Ezequiel nos da un testimonio al compartir con nosotros la experiencia de su ministerio profético, donde se destaca la obediencia y la fidelidad a Dios, en otras palabras se destaca la apertura de su corazón para asumir con responsabilidad la misión o tarea recibida, y al mismo tiempo la firmeza para enfrentar a un pueblo que había obstinado en sus cosas al margen del plan de Dios.
Descubrimos una actitud muy especial de Dios, aunque el pueblo de una posición obstinada, Él no lo deja a la deriva, le envía al profeta para que les hable, este mismo episodio lo encontramos con Pablo cuando escribe a Timoteo en su segunda carta 4,2.
Jesús es el PROFETA, si con mayúscula y Él también está expuesto al rechazo de sus coterráneos, es que ejercer este servicio ministerial no es fácil y mucho menos a espera de elogios y aplausos. Jesús no se sustrae al común de la experiencia profética, recordemos que muchos profetas del A.T. fueron lapidados y martirizados, también Él fue sacrificado en la cruz como un verdadero testimonio que prevalece: hacer la voluntad del que envía, sobre los propios intereses personales; hoy nosotros estamos llamados e invitados a ser profetas en medio de un mundo hostil, donde se ponen en primer plano los intereses egoístas más que los comunitarios, más que aquellos que nos hablan de fraternidad. Estoy convencido que hoy carecemos de convicción religiosa (teniendo en cuenta que cuando hablamos de religión estamos haciendo referencia a ese nexo inexorable que debe existir entre el hombre con su creador), pero vivimos una religión al estilo de cada uno y es por eso que cada uno pone límites a la respuesta que Dios quiere y exige de nosotros. Necesitamos ser profetas, es decir, dejar actuar de manera sublime al Espíritu Santo en lo más hondo de nuestro ser.
Podríamos decir que el mundo de hoy carece de profetas, quizás esta palabra no está en nuestro diccionario y por eso caminamos hacia el abismo, es decir, a un mundo sin Dios y sin ley, porque hay ausencia de testigos de la verdad que lleve a la libertad.
No nos gusta que nos encaren nuestras falencias, nuestras detracciones, que nos encaren nuestro pecado, esa era la tarea del profeta: “Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mt 23,27).
No ejercemos nuestro profetismo porque literalmente nos da miedo del que dirán, y cuando alguien se atreve lo califican de “metido” de “bobo”, de “arrodillado”, de “anticuado”, parece que los ofrecimientos del mundo son los eternos y seguimos desconociendo la verdad de la vida eterna que está en Cristo y en su reino.
Por último nos encontramos con San Pablo que escribe a los corintios, dejando ver la conciencia que él tiene acerca de su propia humanidad, aunque es apóstol: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios”, (Rm 1,1) nos da una lección de humildad y de servicio, además de llamarnos a la vigilancia, pues esta realidad de ser humanos, no dioses, nos tiene que permitir una constante vigilancia, de tal suerte que no nos podemos creer más que los demás porque encarnamos una vocación de evangelización; nuestra pertenencia a Cristo nos implica una constante revisión de vida, unida a la obediencia sin límites y sin condiciones a la voluntad de Dios.
En resumen, aún no somos perfectos, estamos llamados a ella, pero aún nos queda camino por recorrer. Por eso es necesario tener en cuenta esa vigilancia como nos insinúa el salmo que hemos cantado:
“Como están los ojos de los esclavos fijos en la manos de sus señores. Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia” Salmo 122, 1-2a.









































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